el pecho agitado por la carrera, esperando.
—Sí, Carlos… ya puedo hablar —dije, llorando y riendo al mismo tiempo.
No dijo nada. Solo caminó hacia mí y me abrazó con una fuerza que me hizo sentir que por fin había llegado a casa. En ese momento, abrazada a él, me di cuenta de que la gratitud que sentíamos había mutado hacía semanas en algo mucho más profundo. Me había enamorado de él, de su nobleza, de cómo trataba a su padre, y de cómo me veía a mí, no como