en el aire.
Don Rogelio pegó un salto en su silla de ruedas, abriendo los ojos desmesuradamente.
—¡Valeria! ¡Mija! ¡Hablaste! ¡Virgen santísima, hablaste!
Las lágrimas brotaron de mis ojos como un río desbordado. Me toqué la garganta. Estaba hablando. Había recuperado mi voz, mi esencia, mi vida. Don Rogelio, emocionado, empezó a gritar por el jardín llamando a su hijo.
Carlos salió corriendo de la casa, asustado, pensando que algo malo había pasado.
—¡Carlitos, Carlitos, nuestra Vale ya habla! —festejó el viejo.
Carlos se detuvo en seco. Me miró, con