Lucía murió en un accidente automovilístico cuando tenía veinte años. Mi esposo, Ricardo, se divorció de mí mientras estaba encarcelada. Mi hermana menor, Patricia, jamás fue a visitarme.
Y la empresa que construí trabajando desde los veintiún años había quedado en manos de esas dos personas.
Cuando recuperé mi libertad bajo ciertas condiciones, llevaba una maleta, algunos ahorros y una decisión: nunca volvería a vivir bajo el mismo techo que alguien capaz de traicionarme.
Por eso aquella casa tan económica llamó mi atención.
El propietario, Sebastián, me explicó que había