El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

heredado el inmueble, pero una mujer de 76 años llamada Mercedes tenía un derecho de habitación vitalicio, debidamente registrado. Podía vender la propiedad, pero nadie podía obligarla a marcharse.

—Es una señora difícil —me advirtió—. Espantó a todos los compradores.

Al día siguiente fui a conocerla.

Doña Mercedes abrió la puerta antes de que tocáramos.

—¿Otra persona que viene a preguntar cuándo me voy a morir? —soltó, mirándome de arriba abajo.

—No, señora. Vengo a ver dónde podría vivir.

Aquella respuesta pareció desconcertarla.

La casa tenía dos habitaciones, una cocina