El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

que la condena se había sostenido en elementos falsos.

El proceso fue lento.

Hubo semanas en las que no recibimos noticias.

Algunas noches despertaba convencida de que volverían a encarcelarme.

Mercedes nunca prometía milagros.

Simplemente preparaba café y me decía:

—Mañana seguimos.

Finalmente llegó la fecha de la audiencia decisiva.

Me puse una blusa blanca que había comprado especialmente para aquella ocasión.

Mercedes insistió en acompañarme.

—Tengo setenta y seis años, Mariana. No estoy tan vieja como para perderme el día en que alguien tenga que corregir una injusticia.

Dentro