que la condena se había sostenido en elementos falsos.
El proceso fue lento.
Hubo semanas en las que no recibimos noticias.
Algunas noches despertaba convencida de que volverían a encarcelarme.
Mercedes nunca prometía milagros.
Simplemente preparaba café y me decía:
—Mañana seguimos.
Finalmente llegó la fecha de la audiencia decisiva.
Me puse una blusa blanca que había comprado especialmente para aquella ocasión.
Mercedes insistió en acompañarme.
—Tengo setenta y seis años, Mariana. No estoy tan vieja como para perderme el día en que alguien tenga que corregir una injusticia.
Dentro