El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

las palabras que había imaginado cientos de veces desde mi celda.

La autoridad judicial reconoció mi inocencia y dejó sin efectos la condena injusta.

Mi abogado se inclinó hacia mí.

—Mariana, terminó. Tu nombre ha quedado limpio.

No grité.

No celebré.

Solamente pensé en Lucía.

Cuánto habría deseado que estuviera allí, esperando para abrazarme.

Cuando salí, Mercedes estaba de pie junto a la puerta.

—¿Qué pasó?

Intenté responder, pero la voz se me quebró.

—Soy inocente, Mercedes. Ahora también lo dice la justicia.

La anciana me abrazó con tanta fuerza