El día que salí de prisión bajo libertad condicional, nadie de mi familia fue a buscarme. Mi esposo vivía con mi propia hermana, así que compré una casa barata donde una anciana tenía derecho a quedarse de por vida. “No pienso irme”, me advirtió.

una familia verdadera no se reconoce por los apellidos, las herencias ni las promesas.

Se reconoce por quienes permanecen a nuestro lado cuando ya no tenemos absolutamente nada que ofrecer, excepto nuestro corazón.