arreglé una instalación eléctrica peligrosa, cambié la llave del lavabo y contraté a alguien para revisar el techo.
Poco a poco empezamos a acostumbrarnos.
Una tarde, mientras limpiaba la cocina, encontró una fotografía de Lucía dentro de mi cartera.
—¿Tu hija?
Asentí.
—¿Dónde vive?
—En el cementerio.
Mercedes guardó silencio. Después regresó con la fotografía de un hombre joven.
—Mi hijo Gabriel murió a los treinta y dos. Era policía. Desde entonces, esta casa está demasiado callada.
Aquella noche cenamos juntas sin discutir.
Pero una semana después ocurrió algo inesperado.