conté sobre los contratos falsificados, las transferencias sospechosas y los testigos que habían declarado contra mí.
Cuando terminé, ella se levantó, entró en su habitación y regresó con una libreta vieja.
Arrancó una página y escribió un número telefónico.
—Mañana llamarás a este hombre.
—¿Quién es?
—El mejor amigo de mi hijo. Ahora trabaja investigando delitos financieros.
Miré el papel sin atreverme a tocarlo.
Mercedes se inclinó hacia mí y dijo algo que jamás olvidaría:
—Tal vez compraste esta casa creyendo que no tenías familia. Pero si lo que me