El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

miró.

Y por primera vez no corrió a protegerla.

Me miró a mí.

—Evelyn.

—No.

Levanté una mano.

—Esta vez no quiero escuchar tu versión.

Salí.

18. El día que Adrian comprendió qué había hecho
Me siguió al estacionamiento.

—¡Evelyn!

Seguí caminando.

—Espera.

Me agarró suavemente del brazo.

Me aparté.

—No me toques.

Lo soltó inmediatamente.

—El bebé.

—Está bien.

—¿Es niño o niña?

No respondí.

—Por favor.

—Niña.

Sus ojos se humedecieron.

—Una hija.

—Sí.

—Yo…

Se pasó una mano por el rostro.

—Casi…

No terminó.

No necesitaba hacerlo.