El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

Casi la pierdo.

Casi la mato.

Casi.

—¿Por eso te fuiste?

Lo miré.

—Me fui porque me empujaste.

—No sabía.

—Eso no importa.

—Si hubiera sabido que estabas embarazada jamás…

—Ese es exactamente el problema.

Adrian quedó quieto.

—No debería necesitar estar embarazada para que no me empujes.

Silencio.

—No debería necesitar ser madre de tu hija para merecer que me creas.

Sus ojos se cerraron.

—Tienes razón.

—Sí.

Fue la primera vez.

Demasiado tarde.

—¿Puedo acompañarte a las citas?

—No.

—Evelyn.

—No.

—Es mi hija.

—Lo discutiremos legalmente.

La