El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

yo.

Me aparté.

—Quiero agua.

Intenté caminar.

Adrian me siguió.

—¿Crees que puedes ignorarme?

No respondí.

Entonces lo escuché detrás de mí.

—Evelyn, me das asco.

Y un segundo después…

me empujó.

Mi cuerpo chocó contra la esquina de un mueble.

El golpe fue directamente en el abdomen.

El dolor me atravesó.

Me doblé.

Instintivamente protegí mi vientre.

Mi bebé.

Aquel bebé cuya existencia Adrian todavía ignoraba.

El mundo empezó a oscurecerse.

Y de pronto recordé a mi madre.

Ella también había amado a un hombre incapaz de elegirla.

Mi