Horas después me despertó un golpe brutal.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Adrian entró furioso.
—¡Evelyn!
Me incorporé asustada.
—¿Qué pasa?
Me agarró del mentón.
—¿Tú pagaste para que arruinaran los zapatos de baile de Chloe?
No sabía de qué hablaba.
—¿Qué?
—¡Ya confesaron!
—Adrian, suéltame.
—No pensé que fueras capaz de algo tan miserable.
Lo miré.
Mi esposo.
El hombre que había vivido conmigo tres años.
Ni una sola pregunta.
Ni una duda.
Algo le ocurría a Chloe y él automáticamente asumía que la culpable era