El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

a encontrar especialistas para mi vieja lesión.

Cuidó a Grace una vez cuando tuve fiebre.

Traía comida.

Se iba.

Nunca preguntaba:

“¿Qué somos?”

Nunca decía:

“Yo te trataría mejor.”

Un día lo confronté.

—¿Por qué haces todo esto?

—Porque somos amigos.

—¿Solo eso?

Pensó.

—¿Quieres la versión honesta?

—Sí.

—Me gustas.

Mi corazón se tensó.

—Pero eso es problema mío.

Parpadeé.

—¿Qué?

—No voy a convertir mis sentimientos en una deuda para ti.

Aquella frase me dejó sin palabras.

—Si algún día quieres salir conmigo, me dices.

—¿Y si no?