El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

unos segundos en convertirse en miedo.

Al principio solo sentí el golpe.

Una punzada seca.

Después un tirón profundo en el abdomen.

Finalmente una sensación húmeda entre las piernas.

Bajé la mirada.

Había sangre.

No mucha.

Pero suficiente.

Mi cuerpo entero se congeló.

—No…

Apoyé una mano en el mueble.

Las piernas me temblaban.

Adrian seguía detrás.

Su respiración era agitada.

—Evelyn.

No contesté.

—¿Qué pasa?

Lo miré.

No sabía.

No tenía idea.

El padre de mi hijo acababa de empujarme y ni siquiera sabía que podía haber lastimado a