El día que mi esposo me em-pu-jó em-ba-razada, dejé de esperar que algún día me amara

lo más difícil, aprendí a creer en mi propia versión de los hechos.

Cuando algo dolía, no necesitaba que otra persona confirmara que tenía derecho a dolerme.

Cuando algo me asustaba, no necesitaba demostrar que era suficientemente grave.

Cuando alguien cruzaba un límite, ya no esperaba a que una tragedia hiciera legítima mi salida.

Mi madre nunca tuvo esa oportunidad.

Durante años pensé que mi mayor miedo era convertirme en ella.

Ahora creo que me equivoqué.

No era parecida a mi madre porque amé al hombre equivocado.

Era parecida a