Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

cuarenta minutos después con flores compradas en una gasolinera.

No digo esto para ser cruel.

La etiqueta seguía pegada.

“24 horas.”

Las dejó sobre la mesa.

—Lo siento.

—Ya lo has dicho.

—Se me olvidó.

—Sí.

—No significa que no me importes.

Lo miré.

—¿Qué significa entonces?

No respondió.

Se acercó.

—Podemos salir mañana.

—No quiero.

—Elena.

—Estoy cansada.

—Otra vez.

Aquellas dos palabras fueron suficientes.

Otra vez.

Mi cansancio era repetitivo.

Incómodo.

Un inconveniente.

—Sí, Adrián. Otra vez.

Me fui a dormir.

Él se quedó en el salón.

A