—Sí.
Entró.
Miró las cajas.
—Entonces es verdad.
—Sí.
—¿Vas a dejarnos?
La palabra me molestó.
—Me voy a trabajar.
—Sabes a qué me refiero.
Nos sentamos.
Sofía apretó las manos.
—¿Es por mí?
—No solo.
—Pero yo tengo algo que ver.
No respondí.
—Elena, te juro que nunca quise quitarte nada.
—No creo que quisieras.
—Entonces ¿por qué siento que me miras como si fuera culpable?
Pensé antes de responder.
—Porque nunca pediste que pararan.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Nunca dijiste: “Id por Elena, yo puedo montar mi mueble