Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

arregla hablando».

Miré el grupo.

Qué curioso.

Cuando escribí “me despidieron”, nadie tenía nada que decir.

Ahora que me marchaba, todos tenían palabras.

Sofía me llamó.

Rechacé la llamada.

Bruno.

Gabriel.

Finalmente Adrián, desde el salón, escribió en el grupo:

«Dejadla».

No sé por qué aquello me hizo llorar.

Quizá porque era la primera vez en mucho tiempo que me defendía.

Y llegaba demasiado tarde.

Sofía apareció en casa esa tarde.

Adrián había salido.

Abrí la puerta y allí estaba con el cabello recogido y los ojos rojos.

—¿Podemos hablar?