Perdí mi trabajo y nadie respondió; diez minutos después todos celebraban el ascenso de mi mejor amiga

a casa.

Y sobreviví.

Después hice algo más difícil.

Dejé de esperar.

Ese fue el verdadero comienzo.

No cuando acepté el trabajo.

No cuando empaqué.

Ni siquiera cuando rompí con Adrián.

Empecé a cambiar en el instante en que él escribió:

«¿Todavía necesitas que vaya?»

Y yo contesté:

«Ya no».

Porque esa respuesta nunca se refería únicamente a las cajas.

Ya no necesitaba que viniera.

Ya no necesitaba que me eligieran después de haber elegido a todos los demás.

Ya no necesitaba ser la persona comprensiva del grupo.

Ya no