nos conocíamos un poco mejor.
Seis meses después, regresamos a Madeira.
En el mismo restaurante, David me tomó de la mano.
—Sabes, Mary, durante mucho tiempo creí que la única
manera de serle fiel a Nancy era no volver a amar a ninguna otra mujer.
Lo escuché atentamente.
—Pero un día Sarah me dijo: «Papá, mamá te amaba tanto que jamás habría querido que su recuerdo se convirtiera en la razón de tu soledad».
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
David continuó:
—No puedo prometerte que estaremos juntos para siempre.