Pero sí puedo prometerte que, de ahora en adelante, no permitiré que los miedos de mi pasado destruyan nuestro presente.
Le apreté la mano.
—Y yo también voy a prometerte algo. Nunca intentaremos reemplazar a nuestros difuntos cónyuges. Simplemente aprenderemos a ser felices otra vez.
David sonrió.
Aquella noche permanecimos sentados junto al océano durante mucho tiempo.
Ninguno de los dos propuso matrimonio.
Ninguno hizo promesas de amor eterno.
Simplemente éramos dos personas mayores que ya conocían el verdadero dolor de la pérdida y que habían decidido no pasar el