pasando junto a los restos de la fiesta. El comedor parecía ahora casi un sueño: copas de cristal reflejando la luz de las velas, servilletas abandonadas dobladas como banderas rendidas, flores marchitas bajo el peso de su propia belleza. Tan solo una hora antes, esa habitación había estado llena de risas. Ahora, cada paso que dábamos era como adentrarnos en una historia de la que ninguno sabía que formábamos parte.
Rosa nos condujo por el pasillo trasero, pasando por la despensa y los casilleros del personal, hasta llegar a la