el móvil para dictarse recordatorios: comprar café, llamarme, arreglar una lámpara del garaje. Me eché a reír. Después encontré un mensaje que nunca había enviado. Me pedía que llevara las galletas de limón que supuestamente compraba para él y que, según decía, siempre terminaba comiéndome yo.
Lloré durante mucho tiempo, pero no eran las mismas
lágrimas. Durante meses, mi última imagen mental de papá había sido la de un hombre enfermo investigando a mi marido. Aquel mensaje me devolvió al hombre real: el que perdía las gafas, compraba demasiado