que quienes acudían conservaran su autonomía.
Martín se jubiló aquel año. En su despedida me preguntó qué pensaba hacer con el teléfono de papá. Le dije que no lo sabía. Sugirió que podía tirarlo. Técnicamente tenía razón: los archivos necesarios estaban preservados correctamente en otros lugares. Para mí, sin embargo, el teléfono ya no era una prueba. Era el último aparato en el que podía escuchar la voz de mi padre.
Una noche lo encendí. No reproduje las conversaciones con Ethan ni Patricia. Busqué otras grabaciones. Papá utilizaba