de protegerme a mí misma.
A la mañana siguiente, Ethan llegó a mi casa antes de las ocho.
No llevaba traje ni reloj caro. Tenía los ojos hinchados y una barba de varios días.
Parecía el niño que, hace treinta años, se escondía bajo las sábanas cuando tenía pesadillas.
—Mamá, tenemos que hablar.
Lo invité a sentarse.
Durante varios minutos permaneció en silencio, mirando sus manos.
Finalmente, levantó la cabeza.
—¿Es verdad que William no era mi padre biológico?
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
—Ethan…
—No me