que hacen daño a los niños.
No los niños.
Ella sonrió.
—Entonces yo nunca fui mala.
—Nunca.
Tiempo después, en el jardín de su nueva escuela, la maestra pidió a los alumnos dibujar el lugar donde se sentían más seguros.
Muchos dibujaron su habitación.
Otros, el parque.
Daisy me dibujó a mí.
Con una gran puerta abierta detrás.
Cuando le pregunté por qué había pintado esa puerta tan grande, respondió con una naturalidad que jamás olvidaré:
—Porque ese día tú me sacaste de la casa.
Y cuando abriste la puerta…