jueza le creía.
Quise responder.
Quise levantarme, contar todo lo que había ocurrido detrás de las puertas cerradas y mostrar quién era realmente aquel hombre cuando no tenía público.
Pero mi cuerpo no reaccionó.
Me quedé clavada en la silla del juzgado, con las manos temblando y el corazón golpeándome el pecho.
Andrés llevaba un traje azul marino impecable. Tenía el cabello bien peinado, la espalda recta y esa expresión tranquila que siempre utilizaba cuando quería ganarse la confianza de alguien.
Era el mismo hombre que podía enfurecerse porque yo