había comprado la cena equivocada.
El mismo que había golpeado el volante mientras conducía porque tardé demasiado en contestar una pregunta.
El mismo que luego, al llegar a casa, saludaba a los vecinos con una sonrisa y preguntaba por sus familias.
Andrés siempre había sido encantador delante de otras personas.
Ese era precisamente el problema.
Mi hija Lucía estaba sentada detrás de mí, junto a mi madre.
Solo tenía ocho años.
Llevaba un vestido azul con pequeñas flores amarillas y sostenía su mochila escolar sobre las rodillas. Sus grandes ojos