cuidaba sola de una niña.
Habló de mi vivienda, de la escuela y del apoyo de mi madre.
Pero sonaba débil frente a la seguridad de Andrés.
Nadie mencionó todavía las noches en las que Lucía mojaba la cama después de visitarlo.
Nadie preguntó por qué había empezado a esconder cosas rotas.
Nadie habló del miedo en su voz.
Entonces Andrés se levantó una vez más.
—Señora jueza, la custodia compartida ya no beneficia a mi hija. Solicito que viva conmigo y que las visitas de su madre sean limitadas.