tener miedo.
Le acaricié el cabello.
—La verdad a veces duele porque obliga a las personas a mirar lo que hicieron. Pero tú no lo lastimaste. Contaste algo que estaba pasando y pediste ayuda.
—¿Entonces no soy mala hija?
—No. Protegerte no te convierte en una mala hija.
—Pero él estará enfadado conmigo.
—Es posible. Sus sentimientos son responsabilidad de él, no tuya.
Lucía permaneció pensativa.
Después tomó otro papel en blanco.
Escribió algo y lo dejó dentro del tarro.
—¿Qué pusiste?
—Es para mañana.
Nos acostamos juntas.
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