La promesa silenciosa que la hermana Esperanza ya no lograba recordar

permitido reconocer.

Tenía miedo.

No temía a Esperanza. Nunca había temido a esa mujer callada de manos suaves que cuidaba el huerto, cantaba en voz baja durante los oficios y se acercaba a los niños con una ternura que parecía surgir de un lugar profundo, anterior incluso a sus votos. Lo que la asustaba era otra cosa: era la posibilidad de que, algún día, esa promesa silenciosa que Esperanza ya no recordaba, terminara siendo pronunciada por otra voz.

Los detalles que no encajaban

La cinta médica sobre el pañuelo era,