de afecto y no de sospechas.
Sus decisiones, tomadas siempre con serenidad aparente, respondían a una convicción firme: los niños no debían pagar el precio de una historia que nadie terminaba de entender, ni siquiera la propia hermana Esperanza, quien parecía haber olvidado las circunstancias que rodearon su llegada.

Un miedo que ella misma no se atrevía a nombrar
Sin embargo, debajo de todas esas decisiones prácticas —cada firma, cada conversación medida, cada gesto de calma frente a las miradas curiosas— vivía una verdad que la superiora apenas se había