tantas preguntas sin respuesta.
Pensó en Esperanza, dormida seguramente en su celda, ajena a la conversación que se libraba en el despacho de la superiora. Pensó en los niños, en sus risas durante el recreo, en la manera en que corrían hacia la hermana cada vez que la veían aparecer entre los naranjos del patio.
Y comprendió, por primera vez con total claridad, que su miedo no era por sí misma ni por el prestigio del convento. Su miedo era que la verdad, cuando finalmente apareciera, llegara demasiado tarde para