La promesa silenciosa que la hermana Esperanza ya no lograba recordar

proteger a las personas que había jurado cuidar.

Con un gesto pausado, la madre Caridad tomó el auricular. Antes de marcar, dirigió una mirada breve hacia la imagen que colgaba en la pared, como pidiendo permiso o, tal vez, perdón. Después, con voz firme, comenzó a hablar. Aquella noche, por primera vez en tres años, decidió que el silencio ya no era una forma de caridad, sino una carga que ni ella ni Esperanza podían seguir llevando solas.