temblar. Pasé horas leyendo sobre venenos de acción lenta, recordando todas las veces que me había sentido mareada o enferma por las noches.
Una despedida sin respuestas
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En el invierno de nuestro trigésimo quinto año juntos, Víctor sufrió un infarto. Su estado empeoraba día a día en el hospital, pero incluso con la mascarilla de oxígeno puesta, no olvidaba el ritual. Cada noche a las nueve me llamaba para preguntar si había bebido mi vaso. Yo mentía y decía que sí.
Horas antes de