lo miró.
Después me miró a mí.
—Le hice el delantal muy grande.
—Me favorece —le dije serio.
La niña soltó una risa pequeña.
Miguel también.
Y juro que, por un momento, la panadería se llenó de algo que no venía del horno.
Les preparé dos porciones de empanada.
Miguel quiso pagar las dos, como siempre.
—Hoy pago yo una —dije.
Él frunció el ceño.
—Andrés…
—No empieces. No es regalo. Es inauguración de artista.
Lucía miró a su padre, esperando permiso.
Miguel suspiró, vencido.
—Vale. Pero solo hoy.
—Solo