llegué ese día —dijo—. Me preguntó por qué venía tan callado.
Teresa cerró los ojos un segundo.
—Lo siento.
—Yo puedo aguantar muchas cosas —continuó Miguel—. Pero no quiero que mi hija aprenda que tiene que bajar la cabeza por ser hija de un trabajador.
Lucía apretó la carpeta contra su pecho.
Teresa se llevó una mano a la boca.
—Tiene razón.
Hubo un silencio largo.
Miguel respiró hondo.
—Acepto sus disculpas.
Teresa levantó la vista, sorprendida.
—Gracias.
—Pero no porque se me olvide —dijo él—. Sino porque no quiero