Una señora mayor comprando pan.
Un niño mirando dulces.
Una mujer con abrigo claro esperando en la fila.
Y todos estaban en la misma línea.
Sin fila aparte.
Arriba, con letra más cuidada que la vez anterior, decía:
“Todos caben cuando hay respeto.”
Nadie habló durante unos segundos.
Ni Teresa.
Ni Miguel.
Ni yo.
Al final fui yo quien tuvo que apartarse un poco.
Otra vez.
A mis 58 años, una niña de nueve me estaba enseñando a resumir el mundo mejor que muchos adultos.
—Lucía —dije, aclarando la voz—,