El Panadero Que Defendió La Dignidad De Un Albañil Y Cambió Un Barrio

sentir que sobra.

En mi panadería, desde aquel día, la regla quedó clara.

La harina se limpia.

El polvo se sacude.

Las monedas se cuentan.

El pan se acaba.

Pero la dignidad no se negocia.

Y mientras yo pueda levantar la persiana cada mañana, la campanita sonará igual para todos.