—Mamá.
No respondí enseguida.
Estábamos a pocos metros de la tumba de mi padre.
Las luces del cementerio eran débiles y amarillentas. A esa hora apenas había coches. El viento movía las ramas de los cipreses y, por un momento absurdo, pensé que mi padre habría odiado verme allí tan tarde.
Daniel rodeó el coche.
—Mamá, mírame.
Lo hice.
Tenía treinta años, pero en aquel instante volvió a parecerme el niño que corría a mi habitación cuando tenía una pesadilla.
—¿Qué pasó?
Le tendí el teléfono.
Primero vio las fotografías.