PARTE 1
—¡Quiero que lo cremen antes del mediodía! Y nada de autopsias. Mi marido está muerto y no pienso permitir que nadie retrase el funeral.
Escuché esas palabras mientras permanecía acostado sobre una mesa metálica, cubierto con una sábana blanca y con una etiqueta de difunto amarrada al tobillo.
La mujer que acababa de hablar era Leticia, mi esposa desde hacía menos de doce horas.
Y yo estaba vivo.
Me llamo Arturo Mendoza, tengo 46 años y soy dueño de una pequeña empresa de perforación de pozos en Guadalajara.