el salón.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
—Valeria, ¡qué vergüenza! Pídele perdón a tu tía.
Mi hija empezó a llorar de rabia.
—¡Ella la puso ahí! ¡Quiere que todos piensen que soy una mentirosa!
—Claro, preciosa —respondió Mariana con desprecio—. Ahora resulta que yo inventé todo.
Valeria levantó el rostro.
—¡Tú llevas dos años acostándote con mi papá! ¡Incluso hoy, el día de tu boda!
El silencio fue absoluto.
Mauricio se levantó lentamente.
—Mariana… ¿qué acaba de decir tu sobrina?
—¡Mentiras! —gritó mi hermana—. ¡Su madre la