destruirse precisamente porque los buenos momentos te convencen de soportar demasiados malos.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí, ya estábamos descendiendo sobre Toronto.
Mi nueva jefa me esperaba al día siguiente a las nueve.
Se llamaba Margaret Shaw.
Cincuenta y tantos.
Cabello corto.
Traje azul.
Una de esas mujeres que entraban en una habitación y conseguían que las conversaciones bajaran de volumen sin pedirlo.
—Pensé que volverías a rechazar la oferta —me dijo.
—Yo también.
Me observó unos segundos.
—¿Problemas familiares?
—Algo así.
No preguntó más.
Lo agradecí.
—Tienes tres