esperando.
Pensé que regresaría.
Que todo aquello era una demostración infantil para asustarme.
No volvió.
Lo llamé.
Primera llamada: rechazada.
Segunda: rechazada.
Tercera: teléfono apagado.
Una mujer que pasaba con dos niños pequeños me miró con una mezcla de curiosidad y lástima.
Guardé el móvil.
Yo acababa de regresar de tres días de reuniones en Nueva York para cerrar la expansión internacional de mi empresa.
Mi vuelo se había retrasado cuarenta minutos.
Ethan lo sabía.
Aun así, cuando me vio salir por la puerta de llegadas, lo primero que dijo