Mi marido me abandonó en el aeropuerto; ocho días después me preguntó por qué aún no había vuelto a casa

fue:

—Mi madre lleva una hora esperándonos.

—El vuelo se retrasó.

—Siempre hay algo contigo.

Intenté no discutir.

—Podemos ir directamente a cenar.

Pero su expresión se endureció.

—No. Tú puedes buscar cómo volver.

Y se marchó.

Conseguí un taxi cuarenta minutos después.

El conductor me observó por el espejo.

—¿Problemas con el novio?

—Es mi marido.

Silbó.

—Eso es peor.

Cuando llegué a casa pasaban de las once.

Faltaban varias camisas de Ethan.

También su neceser.

Sobre la mesa había tres cigarrillos apagados, aunque llevaba dos años diciendo que