Mi marido me abandonó en el aeropuerto; ocho días después me preguntó por qué aún no había vuelto a casa

ahora?

—Porque ahora sé que no lo hago desde la rabia.

—Pero estamos mejor.

—Sí.

—Entonces no entiendo.

Tomé su mano.

—Estamos aprendiendo a tratarnos bien.

—Exacto.

—Y quiero que podamos conservar eso.

Su respiración se agitó.

—¿Sin estar casados?

—Sí.

Retiró la mano.

—No.

—Ethan…

—No.

Se levantó.

—No puedes decir que estamos mejor y después divorciarte.

—Puedo.

—Entonces ¿para qué hice todo esto?

Aquella frase me dolió.

—¿Lo hiciste para recuperarme?

Se quedó inmóvil.

—En parte.

—Entonces todavía falta trabajo.

—Eso es injusto.

—Quizá.

Me levanté.

—Pero si