Años más tarde esa misma mesa está en nuestra casa.
Tiene marcas de vasos.
Un pequeño arañazo que hizo nuestro sobrino.
Una esquina golpeada durante una mudanza.
Y algunas noches, cuando está llena de gente hablando demasiado fuerte, pienso en la primera vez que cené sola allí.
Recuerdo a aquella mujer recién llegada a Canadá.
Asustada.
Casada todavía.
Con dos maletas.
Preguntándose si acababa de destruir su vida.
Quisiera sentarme frente a ella.
Servirle una copa.
Decirle que no.
Que no estaba destruyendo nada.
Estaba dejando de mantener con sus