vez que miro su fotografía, recuerdo aquella voz débil llamándome hija.
Y comprendo que, aunque no lleváramos la misma sangre, Elena me dejó una enseñanza que llevaré conmigo toda la vida:
A veces, el verdadero amor por una familia no consiste en mantenerla unida a cualquier precio, sino en tener el valor de enfrentar a quien está destruyéndola, aunque esa persona lleve nuestro mismo apellido.