PARTE 1
Don Ernesto Salvatierra vivía en una enorme mansión en Las Lomas de Chapultepec, con portones negros, cámaras por todas partes y un silencio tan helado que parecía un hospital al amanecer.
Tenía 58 años, millones en cuentas bancarias y una desconfianza que ya había erosionado su alma.
En su opinión, todos se le acercaban por interés propio.
Empleados, socios, familia, amigos.
Según él, todos tenían un precio.
Por eso esa mañana dejó 50.000 dólares en la mesa principal del salón.
No fue descuido.
Era una trampa.
Las